La escuela en Red y su desafio en la democracia

Denise Najmanovich este artículo nos  invita a reflexionar acerca de cuál es el lugar de la escuela en esta crisis que atraviesa el país.  Abre la pregunta sobre el sentido de mantener la escuela cómo un espacio cerrado, protegido ¿de qué? Plantea cuáles son los desafíos de la comunidad educativa hoy para funcionar en el mundo de la diversidad y la complejidad, un mundo vivo, activo y productivo y de cómo construir nuevos escenarios educativos-

La escuela en red y el desafío de la democracia*

Dra. Denise Najmanovich[1]

La escuela, al igual que todas las instituciones de la sociedad, resulta interpelada por esta crisis que atraviesa nuestro país en varios niveles. El sistema educativo lleva ya  varias décadas de deterioro –cuando no de saqueo, tanto simbólico como económico-. A la natural obsolescencia tanto de las concepciones como de las prácticas que dieron origen a esta institución insignia de la Modernidad, debemos sumarle los intentos de vaciamiento del período dictatorial y luego los del juego del “libre mercado educativo”. Lo que hoy aparece como una oportunidad y como un desafío para toda la sociedad es la reinvención de ese espacio comunitario fundamental  y para ello es imprescindible cuestionar la noción de la escuela como un espacio cerrado (¿protegido de qué?) con un objetivo “puro” (¿cuál era el contaminante tan temido?).

La escuela sarmientina fue construida como el ámbito virginal donde se transmitían los saberes y valores que la sociedad aceptaba como sus verdades y bienes absolutos. Para ello la escuela alzaba unos muros que contenían a sus miembros de los vaivenes del entorno y creaban un contexto emocional y cognitivamente neutro (o eso pretendía) donde transmitir los conocimientos sin sentir el roce de ambiente y sus presiones. Sin embargo, hoy no hay muro que aguante, y sabemos que los contextos hacen a los textos. El medioambiente viene  filtrándose desde hace tiempo con las huelgas docentes, la pobreza cada vez más indisimulable tras los níveos delantales, la caída de las certezas y la sospecha generalizada respecto a las verdades absolutas, las nuevas tecnologías y las viejas carencias. En muchos casos, la avalancha de información ha superado los diques de contención de la escuela y sus efectos han sido más perjudiciales que los que provoca la ignorancia.

Se ha llegado al extremo de que hoy exigimos cada vez más a los docentes (algunos hablan incluso de “reciclarlos” -metáfora más que precisa respecto de la valoración que de ellos tienen muchos sectores-)  al mismo tiempo que  les ofrecemos cada vez menos. Los directivos se sienten muchas veces desamparados frente a un estado que se va retirándose y una sociedad que va avanzando en sus demandas, pero no en sus ofertas.

El 20 de diciembre probablemente haya marcado un hito en la historia de nuestra sociedad. A partir de ese día comenzó a esbozarse una nueva presencia en escenario político: la sociedad civil. Las redes sociales cobraron visibilidad. Nuevas formas  organizativas caracterizadas por la democracia participativa y la fluidez fueron cobrando protagonismo.

Es a partir de este nuevo escenario de activación del lazo social, de encuentro y participación ciudadana, de establecimiento de nuevas alianzas y vínculos que debemos pensar los desafíos, los peligros y las potencias que la escuela debe atender y movilizar, contener o generar. Todas las asambleas barriales han formado una comisión de educación y es de esperar que con el comienzo de las clases la comunidad educativa se vea ante la gran oportunidad de derribar los muros que separaban a la escuela de los padres, de las sociedades de fomento, de los clubes, de los medios de comunicación, de los hospitales e incluso de la producción misma de conocimientos (reservada a la “academia” –que en buena parte dejaba la labor en manos de las editoriales). Hoy la sociedad Argentina se encuentra ante la posibilidad de llenar de contenido lo que hasta ahora era más bien una cáscara vacía de los discursos “progresistas”: la noción de comunidad educativa.

Ahora bien, esta comunidad no es una unidad homogénea sino más bien una encrucijada de redes diversas, un área de encuentro de personas, organizaciones, grupos diferentes que tienen objetivos comunes pero que también divergen, que pertenecen a diversas tradiciones y que están acostumbrados a prácticas y estilos relacionales específicos. Fuera de la rutilante simpleza de las teorías sociológicas o de los modelos pedagógicos al uso, nos enfrentamos al mundo de la diversidad y la complejidad: un mundo vivo, activo y productivo donde el conflicto y la tensión no pueden nunca eliminarse.

En los escenarios de la democracia participativa la construcción de la convivencialidad, del respeto a la diversidad, de la generación de ámbitos donde sea posible un disenso disfrutable es la condición de posibilidad fundamental para poder llevar adelante la tarea educativa. Debemos abandonar para ello la metáfora perversa del “reciclado” para avanzar hacia la idea de la reinvención de la escuela, de la recreación conjunta de la relación enseñanza-aprendizaje.

Esta no es una tarea de “expertos” –aunque ellos también son necesarios, pero no protagonistas vedettes-, sino la labor de una comunidad que asume el valor fundamental de la educación y no sólo de palabra, sino con su participación activa (no olvidemos que además de la tarea afanosa de los propagandistas de la “excelencia privatista” los propios ciudadanos contribuimos diligentemente en la tarea de vaciar la escuela pública).

La construcción de nuevos escenarios educativos es una tarea de la sociedad toda, pero no como un bloque (fundamentalmente porque tal “sociedad total” es una abstracción) sino a partir de la labor de las diversas redes y organizaciones (incluidas las empresas privadas) que constituyen la sociedad civil en interacción directa con las instituciones del estado.

Para ello es fundamental abandonar las creencias –y las prácticas que se sustentan a partir de ellas- en fronteras definidas, incumbencias o competencias absolutas, responsabilidades restringidas según la definición de funciones o estatutos preestablecidos. La perspectiva de las redes sociales nos habilita justamente para el pensamiento multidimensional y por lo tanto para asumir el desafío de hacer una escuela desde y para la sociedad de nuestro tiempo, capaz de potenciarse con otras instituciones y de albergar la capacidad creativa de alumnos, docentes, directivos, padres, instituciones barriales en una producción renovada de ciudadanía que es, hoy por hoy, el conocimiento más importante que todos los argentinos necesitamos producir.

 

*  Publicado en Novedades Educativas.2002.

[1] Vicepresidenta de FUNDARED (Fundación para el Desarrollo y la Promoción de las Redes Sociales). Profesora de “Epistemología de las Ciencias Sociales” y “Epistemología de la Psicología Social”, Universidad CAECE, Buenos Aires, Argentina. Miembro del Comité de Internacional de Arbitros de la Revista de la Asociación de Post-graduación e Investigación en Educación, Brasil. E-mail: najmanov@mail.retina.ar

 

 

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