¿Cómo miramos a nuestros alumnos?

De FLORENCIA BRANDONI

Florencia Brandoni es psicóloga y ha trabajado por años en escuelas secundarias en Argentina como mediadora de conflictos. Hace dos años empezó una investigación con jóvenes universitarios y constató que, independientemente del sector social del que provinieran, aprendieron a resolver conflictos en la escuela y en la familia. Con los resultados de la investigación reafirmó su creencia de que hay un trabajo enorme en los colegios en materia de resolución pacífica de conflictos que implica mucho más que un programa o los contenidos de un currículo. La resolución de conflictos, dice la experta, también depende de las estrategias que los adultos usan para lidiar con sus diferencias y también con la forma en que irradian ese conocimiento hacia los niños y jóvenes.

Florencia Brandoni, psicóloga y experta en resolución de conflictos en instituciones educativas, habla de cambiar la cultura escolar confrontativa por un aprendizaje colaborativo. Añade que el diálogo y la enseñanza se deben usar como fuerza contraria a la lógica de la violencia.

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¿ Cómo vemos a nuestros alumnos?

El objetivo de este artículo es el de revisar y pensar cómo vemos a nuestros alumnos y  sus interacciones en la vida escolar, ya que las representaciones o discursos que hacemos acerca de los mismos influyen en la forma de relacionarnos con ellos y en las variables de nuestras propuestas en el aula, que casi siempre están condicionadas por la mirada que tenemos acerca de ellos. Para eso nos proponemos compartir alguna conceptualizaciones sobre la adolescencia ya que es importante para los docentes de secundaria saber la importancia y las características de esta etapa ya que van a influir en nuestro desempeño. También es importante considerar cuál es el planteo y el clima institucional porque la dinámica de un grupo escolar también está influida por el clima o cultura de la institución.

Primero los invitamos a responder las siguientes preguntas:

1.- ¿ Cómo describiría a sus alumnos?

2.- ¿ Cómo esperaban que fueran? ¿ Porqué?

Los alumnos de hoy

Hace tiempo que se escucha hablar que la escuela ha cambiado, que ya no es la que solía ser. Seguramente pueden reconocer esta idea en sus experiencias cotidianas.

A propósito de este cambio en la escuela entendido como deterioro, Gabriela Diker(2005) entiende que el uso del pasado es una apelación mítica que condensa la imagen de cómo deben ser las escuelas y que ya no lo son, alude a la imposibilidad de volver al pasado y refiere a este con una absoluta imprecisión cronológica. El uso del pasado tiene un valor normativo, que pretende encontrar la “naturaleza de la escuela” y funciona como parámetro para establecer el grado de deterioro de la educación, como un apartamiento de la norma.

El principal contenido de la imagen del deterioro remite a la inclusión en la escuela secundaria de cada vez más alumnos. La incorporación de sectores sociales que antes quedaban al margen de la institución escolar parece acompañada de un desgate del valor simbólico del sistema que los incluye, El discurso del deterioro, entonces relativiza  el efecto democratizador de las políticas inclusivas y presenta una mirada apocalíptica.

El discurso pedagógico social respecto de la escuela funciona como una condena sobre la misma y sobre los jóvenes y niños que asisten a ella. Si la escuela no promete nada, se condena a sí misma y a las futuras generaciones.

Ese discurso nos deja impotentes frente a una realidad compleja, sin más posibilidades que perpetuar es status quo de las desigualdades y falta de porvenir.

El cambio en la escuela entendido como deterioro incluye la visión de los docentes y de los alumnos. En este línea Chaves, Fuentes y Vecino(2016) analizan las representaciones que  docentes de escuelas secundarias de sectores populares poseen respecto de sus alumnos, que construyen fronteras sociales, aunque con otras consecuencias para la continuidad escolar .

  • Alumnos que no respetan las normas, son rebeldes “ están revolucionados”. El abandono puede ser la consecuencia, porque la condición de rebelde atenta contra la escolaridad. La rebeldía nos es vista como algo positivo, imposibilta las normales interacciones escolares
  • Estudiantes desinteresados o apáticos. Condición estudiantil que niega, desconoce o desaprovecha la importancia de aquello que la escuela puede brindar y del saber docente. No se lee como desafio o cuestionamiento de los adolescentes a la escuela. Desde esta representación, los adultos no advierten el sentido que los estudiantes le dan a la escuela.
  • Jóvenes víctima de su posición social, del momento histórico en que les toca crecer, de familias ausentes de los adultos sin autoridad, Entonces, surge la imagen de autoafirmación sin autonomía y con necesidad de tutela adulta.

El riesgo que acarrean estas representaciones es el ofrecimiento que los docentes y la escuela hagan a los alumnos así percibidos: suplir la falta de contención y afecto, y transformar la apatía en interés, es decir, colocar a la escuela al servicio de compensar las carencias del contexto social de los estudiantes, abandonando su función principal. En este sentido, la lógica del mérito y el esfuerzo reconfiguran el compromiso de estudio que se desliza hacia la aceptación de la tutela adulta y a al esfuerzo de permanecer en la institución.

Sumando otro aspecto a este análisis, Korienfield (2013) sostiene que hay algunos supuestos de la pedagogía tradicional que a pesar de nuevas miradas y propuestas transformadoras, en ocasiones persisten en matrices de formación y se reproducen en el ejercicio profesional, como sustratos del lazo pedagógico. Uno de los supuestos es que el destinatario de la acción pedagógica es un sujeto de la razón, autónomo, capaz de direccionar su voluntad, concepción que conlleva a la ilusión de que todo lo humano es pasible de ser comprendido.

La noción de conflicto, para el autor, colisiona con esa certeza en la plena intangibilidad y el dominio de los fenómenos que es fundante del discurso pedagógico.

Otro supuesto que abona el campo de los desajustes y desencuentros es la idealización de la relación pedagógica que niega el conflicto entre adultos y niños, a pesar de las evidencias, porque presupone una relación armónica, caracterizada por el mérito, la obediencia y el agradecimiento. Por eso toda desviación de esa expectativa pasa a considerarse como un déficit, carencia, y en ocasiones despierta fuertes sentimientos de impotencia. Entonces el ideal no es un horizonte a alcanzar sino un prerrequisito, que cuando no aparece hace fracasar el encuentro educativo.

Como parte de nuestra investigación, hemos relevado con los docentes mendocinos las representaciones que poseen de sus alumnos. Los definen como “ desconcentrados, desmotivados, sin limites, con carencias afectivas, con marginación social, enojados, aburridos, agresivos, necesitados de ser escuchados y comprendidos, ditraídos en clase, responden a propuestas, desafiantes, inquietos, con mucho acceso a la información, ansiosos, dando respuestas inmediatas, desconfiados.

Se puede advertir que solo tres  características son positivas o neutras en el sentido valorativo, responden a propuestas, tienen mucho acceso a la información, dan respuestas inmediatas. Todas las demás son negativas, descalificantes  o indican carencias. Por el contrario interrogados acerca de cómo esperaban que fueran sus alumnos respondieron “ solidarios” y abiertos al conocimientos, receptivos, creativos, originales, expresivos, respetuosos, participativos, atentos, buenos compañeros, no ,mediocres, divertidos, acorde a su propio ideal, con aprendizajes adquiridos, alegres, que pudieran superar los conflictos a través de la palabra, que entiendan razones”

Es decir, un conjunto de virtudes difíciles de encontrar todas. Llama la atención la brecha que se presenta entre las miradas que los docentes poseen de sus alumnos y sus ideales respecto de estos. Los unos se hallan en las antípodas de los otros. Podríamos arriesgar que estos docentes ven a sus alumnos como extranjeros, como una otredad que no se presenta como reconocimiento de los alumnos sino como la descalificación de este y su entorno de origen.

Desde la década de 1960 en adelante se han llevado a cabo diversos estudios cuyas conclusiones  nos orientan a reconocer la importancia que tienen las representaciones que los docentes  poseen de sus alumnos actuales y futuros. Por ejemplo, el experimento de Roshental y Jacobson conocido como Pigmalion en el aula, indaga sobre si las experiencias favorables de un educador incidían aumentando el rendimiento escolar de sus alumnos. Se concluyó que en un grupo aúlico dado, los niños de los que el maestro espera un desarrollo mayor, mostrarán realmente ese desarrollo, de manera que la expectativa que el docente tiene respecto de sus alumnos es determinante en el rendimiento de estos. Por el contrario, los prejuicios y el llamado “ etiquetamiento “ de los alumnos, limita la auotestima y sus posibilidades de desarrollo y rendimiento.

En el contexto generado por la ampliación de la obligatoriedad escolar y el consecuente ingreso a las escuelas de adolescentes y jóvenes de orígenes socioeconómicos deprimidos, las representaciones disvaliosas que se tengan de los alumnos pueden producir estratificaciones en el sistema escolar ( escuelas para alumnos de origen favorecido o desfavorecido), como también desacreditar al mismo ciclo escolar. Este descrédito de la escuela secundaria y/o de escuelas públicas se escucha con frecuencia en los medios de comunicación y en algunos sectores sociales.

Importa revisar la perspectiva o representación que los docentes poseen de sus alumnos, porque si como sostiene Graciela Frigerio ( 2004) para la constitución de la identidad adolescente son necesarias las figuras `restadoras de identidad, porque esta procede por identificaciones, y los docentes y alumnos calificados para esas identificaciones, debemos preguntarnos ¿ qué pasa si ellos no ven en sus alumnos ningún porvenir y sólo lo identifican como posibles adictos, probables delincuentes, casi seguras madres adolescentes, candidatos a la desocupación, tendencia a la enfermedad, aspirantes al placer inmediato y fugitivos del esfuerzo, víctimas de familias desectructuradas?

Y si los adultos comparan a los alumnos de hoy con los de ayer, presentados estos últimos cono un pasado mítico y normativo para concluir que actualmente en la escuela los alumnos no son lo que deberían ser ni ocurre allí nada de los esperado ¿qué efectos sobre la subjetivación de estos niños y adolescentes tendrá este discurso pedagógico?

Acerca de la Adolescencia

Sin pretender realizar un recorrido profundo por la complejidad de la adolescencia, deseamos hacer algunas puntualizaciones que nos ayuden a comprender la conflictividad escolar.

El término adolescencia comenzó a ser empleado por Stanley Hall en 1904, quién le dio carácter de normalidad a la rebeldía observada en los jóvenes de entonces (Chaves 2010), atribuyendo dicho comportamiento a las bases biológicas de los cambios puberales. Si bien su teoría ha sido descartada, persiste hasta nuestros días a través de las representaciones de la adolescencia como período caracterizado por la turbulencia emocional y el estrés.

Los psicoanalistas argentinos Aberastury y Knobel( 1994) plantearon la adolescencia como un proceso y desarrollo, dónde la necesidad de enfrentarse al mundo de los adultos va acompañada del desprendimiento del mundo infantil. Los cambios psicológicos que se producen en la adolescencia son el correlato de los cambios corporales de la pubertad. En este sentido, entre los procesos psíquicos que tienen lugar en la adolescencia , se cuentan:

  • Duelo por el cuerpo infantil: el adolescente sufre modificaciones que, por su rapidez e intensidad, provocan que viva su cuerpo como ajeno o externo, lo que produce sensaciones extrañas de falta de autocontrol.
  • Duelo por los padres de la infancia: los padres dejan de ser esas figuras idealizadas que todo saben y todo pueden. Los adolescentes comienzan a advertir sus debilidades y envejecimiento.
  • Duelo por el rol infantil: las conductas adquiridas durante la infancia ya no le sirven al adolescente para desenvolverse en el mundo de relación con los otros. Asi es que debe renunciar a su identidad infantil, a su dependencia respecto de los adultos e iniciar una aceptación de responsabilidades.

Estudios psicoanalíticos posteriores entre ellos el de Efrón (1997), postulan a la adolescencia como un territorio que se va construyendo de acuerdo a los avances y retrocesos, en forma irregular a lo largo de un tiempo no lineal. Su característica clave es la vulnerabilidad. Para su construcción requiere de la presencia del otro. En este territorio se despliega la subjetividad en diferentes procesos: el de construcción de identidad; el de apropiación y construcción del espacio subjetivo; y el de emancipación.

Los fracasos en el pasaje por cualquiera de estos escenarios darán lugar a vivencias de desapropiación y vaciamiento emocional, anomia o sujetamiento a pautas infantiles.

El autor recurre a la figura de la langosta de mar, empleada por Francoise Dolto, que pierde su caparazón y, mientras segrega la nueva, debe protegerse con algunas rocas, dado que las heridas que se produzcan afectarán su nueva caparazón. Esta metáfora ilustra la fragilidad y vulnerabilidad a que están expuestos los adolescentes, en un contexto de poco resguardo que ofrece la sociedad. Lo construido en la infancia es el fundamente desde el cual surgen los caminos del recorrido o tránsito adolescente, sin tiempos cronológicos prefijados, sino con el tiempo de la singularidad de cada sujeto.

La construcción de la identidad es un proceso significativo que produce una radical reestructuración de las identificaciones de la infancia, organizada alrededor de las figuras parentales. Así, los pares adquieren un lugar central en la conformación de la identidad adolescente, En este sentido, cuando en la grupalidad se generan lazos solidarios y creativos, donde es posible el ocio una circulación activa, se consolida el proceso de construcción de la identidad. Por el contrario, los grupos hostiles o expulsivos complican este proceso. Además, un contexto de tanta oferta consumista como el actual, que propone identificaciones y valores de difícil o imposible acceso para una franja importante de jóvenes, puede interferir negativamente en el proceso de subjetivación. En este marco, los lazos y los intercambios que proporciona la grupalidad, contribuirán o fragilizar este proceso.

En cuanto a la apropiación y construcción del espacio subjetivo, este implica el pasaje de los familiar a lo extrafamiliar, es decir a los amigos, a los amores, y a otros actores sociales. Es el momento del pasaje de la endogamia a la exogamia; en un contexto marcado por la sobrestimulación erogeneizante y un empuje temprano a la sexualidad. Asimismo, es el tiempo del pasaje del juego al trabajo.

La construcción de espacio subjetivo requiere entonces de mojones, guía, adultos. La escuela y el trabajo son los verdaderos anclajes articuladores de la construcción del espacio subjetivo. En este contexto, entendemos la exclusión como rechazo de las instituciones y puede tener efectos traumáticos. La presencia de adultos e instituciones que previene y respalda, no porque indiquen el camino correcto, sino porque evitan quedar fuera del camino, La exclusión conduce a la pasividad o a modalidades de actuación y violencia, lleva a la anomia, borra marcas identificatorias,  y genera  vacio de sentido de la existencia.  Por eso, es preciso promover demandas subjetivantes, singularizadoras, emancipadoras.

La etapa de la escuela secundaria es una época de consolidación de los lazos grupales que sirven como sostén a los procesos descriptos, y, el grupo es el resguardo que brinda seguridad y modelos de identificación,

La participación en un grupo implica sostener un difícil equilibrio entre los intereses personales y los del conjunto (Levy,2013). La pertenencia está sujeta a la aceptación de las conductas o hábitos grupales y muchas veces a ciertos “ sacrificios personales” o concesiones individuales. La dinámica de un grupo escolar también está influida por el clima o cultura institucional.

Sabemos que los grupos que otorgan pertenencia no sólo son los grupos escolares. Sin embargo, la integración grupal es una preocupación central de padres y educadores, dado que la sociabilidad en los primeros años condiciona la permanencia de los adolescentes en el entorno escolar, y se despliega en los lazos que se establecen, en el trato entre compañeros y la manera en que se resuelven los conflictos.

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