Plegarias para Bobby. La intolerancia puede destruir

“Una invitación a comprender ese mundo que padecen quienes son acallados. Entender un poco más los sentimientos que apuñalan los corazones discriminados. Más allá de la aceptación que hoy comienza a difundirse, deberíamos pensar en la tolerancia. Nadie debe morir nunca más por falta de comprensión”.

Hemos editado esta película con la idea de brindar información acerca las temáticas relativas a identidad sexual y la orientación sexual, con el fin de abordarlas, desde la realidad de las situaciones que se presentan en la vida cotidiana y vivirlas como experiencias humanas..

 Según Harry Benjamin, pionero en los trabajos de transexualidad y disforia de género: Sexo es lo que se ve, género es lo que se siente. La armonía entre ambos es esencial para la felicidad del ser humano. Y es así como al final de esta presentación nos aconsejó una película, que es la que hoy nos acompaña en “Cine y Pediatría”: Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009), una película estrenada por la cadena de televisión Lifetime en Estados Unidos, y que ha tenido una amplia repercusión. 
 
“Prayers for Bobby: A Mother’s Coming to Terms with the Suicide of Her Gay Son” es una novela biográfica de Leroy Aarons, que se origina en una historia real ocurrida a fines de los años setenta y principios de los ochenta. Bobby Griffith era un chico adolescente homosexual que se suicidó a causa de la intolerancia religiosa de su madre, Mary, y de la sociedad. Pero después del trágico evento Mary comprende la homosexualidad de su hijo y empieza a luchar por la causa de gays y lesbianas. 
 
Bobby Griffith (Ryan Kelley) fue un niño típicamente americano con un espíritu obediente y amable, quien descubre, al llegar la adolescencia, que se siente atraído por otros muchachos adolescentes y no por las niñas. La película nos regala guiños en cada momento a la tragedia personal de Boby: al inicio, en la fiesta grabada cámara en mano vemos, un buen número de globos con los múltiples colores del arco iris; también nuestro protagonista observa la escena censurada de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960, protagonizada por Tony Curtis y Laurence Olivier donde se reflexionan sobre la moralidad de las preferencias: “¿Comes ostras? Cuando puedo amo. ¿Comes caracoles? No, amo. ¿Consideras que comer ostras es moral y comer caracoles inmoral? No, amo. Por supuesto que no, solo es cuestión de gustos, ¿verdad? Sí, amo”); el intento fallido de suicidio con aspirinas; etc. 
Como Bobby ha sido criado en un ambiente religioso y ha aprendido que ser homosexual es uno de los peores pecados imaginables, piensa que tiene un defecto, que no se merece el amor de Dios y que va a arder en el infierno por toda la eternidad. Conoce muy bien los preceptos de la iglesia porque participa muy activamente en la Iglesia Presbiteriana de Walnut Creek, en California, junto con su hermano, sus dos hermanas y sus padres, donde predomina la figura de la madre, Mary (Sigourney Weaver), religiosa ultraconservadora que enseña en la escuela religiosa dominical. 
 
Los detallados diarios personales de Bobby están llenos de diatribas de odio contra sí mismo, porque pensaba que ser homosexual lo convertía en un ser humano sin ningún valor e intrínsecamente malo, ya que se había convertido en una herramienta del Demonio. Eso es lo que él creía, porque es lo que había aprendido en su iglesia y que le llevó a escribir: “No, nunca podré dejar que nadie sepa que no soy heterosexual. Sería tan humillante. Mis amigos me odiarían. Incluso tal vez quieran darme una paliza. ¿Y mi familia? Los he oído a ellos y han dicho que odian los homosexuales, y que aún Dios también odia a los homosexuales. Los gays son malos, y Dios envía a los chicos malos al infierno. Realmente me asusta cuando hablen de mí”
 
La familia llega a aceptar su homosexualidad, salvo su madre quien cree que Dios puede “curarlo”. Ella lleva a Bobby a un psiquiatra y convence a Bobby a orar más y buscar consuelo en las actividades de la Iglesia en esperanza de que él pueda cambiar. La ayuda de la religión y las plegarias de una madre fervorosa, son constantes: “Te pedimos Señor que mantengas a Bobby a salvo de la tentación. Por favor, ayúdalo para que recobre su pureza de corazón”. La ayuda de la psiquiatría…: “¿Quieres ser homosexual, Bobby?”; y su contestación: “Sólo quiero estar cerca de mi familia. Siento como si hubiera resbalado y no puedo ponerme de pie”. Los grupos de autoayuda… La terapia familiar. Las citas forzadas con chicas guapas… Las oraciones de la Biblia colgadas por toda la casa como método de sanación. 
Desesperado para que su madre lo acepte, Bobby hace lo que se pide de él, pero a pesar de todo, la desaprobación de la Iglesia hacia la homosexualidad le hace crecer cada día más retraído y deprimido. Afectado por la culpa, Bobby se muda temporalmente con su prima a Oregón, con la esperanza de que algún día su madre lo acepte, bajo un pensamiento: “Mi objetivo es alcanzar un sentimiento de orgullo y de valor como ser humano”. Allí encuentra un novio con el que llega a ser feliz, pero el sentimiento de culpa por no ser el hijo “perfecto” es demasiado grande para evitar el desenlace fatal. 
Incapaz de soportar una lucha diaria sin solución y el conflicto tanto con su madre como con la religión, hace que la madre le diga aquello de “no voy a tener un hijo gay” y Bobby le contesta “entonces, madre, no tienes un hijo”. Y las voces de la conciencia con las palabras de su madre: “no es natural”, “es pecado”, “vas a arruinar tu vida”. Y su continua lucha interna, con sus reflexiones y sentimientos: “Es horrible pensar que estoy caminando directo a las llamas del infierno. Pero aún es que todos te digan lo fácil que es la solución…”“A veces sufro tanto. Estoy asustando y solo. Estoy condenado. Estoy hundiéndome lentamente en un vasto lago de arenas movedizas. Un pozo sin fondo. Ojalá pudiera ocultarme bajo una piedra y dormir para siempre”. Todo nos lleva a un final trágico, el que hace que el 27 de agosto de 1983, a los 20 años de edad, Bobby se tire desde un puente a una transitada carretera de Portland, donde murió al instante. 
 
Esta historia ocurrió en el momento en que comenzó el SIDA, conocida como “la enfermedad gay”. Y este trágico final transformó a la madre, y es así como Mary Griffith se convirtió en una defensora de los derechos de los gays y lesbianas y de los derechos humanos“Before you echo Amen in your home or place of worship, think and remember. A child is listening”. Y así como toda la familia se une al movimiento “PFLAG: Parentes, Families and Friends of Lesbians and Gays”. Y las palabras finales de esa madre: “A todos los Bobbies y Jane de por ahí… Os digo estas palabras, como las diría a mis preciosos hijos. Por favor, no desistan de la vida. Ni de vosotros. Vosotros sois muy especiales para mí. Y yo estoy trabajando mucho para hacer de esta vida un lugar mejor y más seguro para que vosotros viváis. Prométanme que van a seguir intentándolo. Bobby desistió al amor. Espero que vosotros no lo hagáis. Estaréis siempre en mi corazón”
 
Y con ello el dolor y la redención de la familia. Porque hay otras lecturas de la Biblia… y otra forma de amar. Porque como dijo Herman Hesse “Tu sabes muy profundamente que hay una sola magia, un solo poder, una simple salvación que se llama amar”
Esta magia, y esta película, está dedicada a todos los profesionales sanitarios que, como Carmen Escallón y tantos otros, cuidan de la adolescencia y luchan contra la intolerancia por razones de sexo.

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