Pelicula ” El buen maestro” comentada por Philippe Merieu.

El Buen Maestro

Por Philippe Merieu

François, profesor de literatura clásica en una prestigiosa escuela secundaria parisina, hace un comentario poco prudente al sugerir que los profesores más experimentados sean enviados a trabajar con los estudiantes más difíciles. Desafortunadamente para él, sus sugerencia fue repetida en un discurso por un alta funcionaria del Ministerio de Educación Nacional… y él mismo quedó comprometido a realizar  su  propia propuesta.  Esta situación podría sido una muy incómoda  . Pero no fue así. Porque François, brillantemente interpretado aquí por Denis Podalydès, se acerca a su clase de  3er año de esta escuela con una modestia extraordinaria. Aunque a veces se sienta tentado a hacer ostentación delante de sus colegas sugiriendo que se las arreglará con facilidad, pero descubre rápidamente que la disciplina a través de órdenes, por muy solemnes y firmes que sean, no son muy eficaces… Así que comienza por aprender meticulosamente los nombres de sus alumnos para poder hablar con ellos. Es entonces que al abrirse comienza a descubrir las complicadas situaciones sociales a las que se enfrentan sus alumnos. Aquí entiende que el  ejercicio del poder, a veces necesario para mantener el frágil equilibrio de la clase, no nos permite construir de manera adecuada.

En este caso, se siente obligado a aceptar la demagogia de la “merienda en la hora de clase”, ya que entiende que puede reconciliar desde lo “extracurricular” a los que no pueden  adaptarse a la vida de la enseñanza en el día a día. En vano intenta a través del autoritarismo y el castigo imponer el orden, excluye  de su clase a un estudiante obstinado,  sin antes convencerlo de que debe trabajar “por su propio bien”….

Sin duda no habría apelado a la pedagogía sino fuera por los diálogos con la Consejera Principal de Educación o la reacción de  Seydou, ese estudiante refractario al que un día Francois  le dice que él no podía hacer nada ya que era un idiota, entonces Seydou repite sus palabras : “No lo conseguiré, porque soy un idiota…”. El juicio de su maestro se convierte en una forma muy conveniente de justificar su falta de trabajo y de exonerarse de cualquier responsabilidad en sus propios fracasos.

Gracias a esto y también a su silenciosa obstinación como “maestro que quiere enseñar”, François logra encontrar un camino entre los enfrentamientos interminables y el fatalismo desesperado: el camino de la cultura exigente. Exigente pero no arrogante: no duda en presentar “Los Miserables” como un conjunto de desafíos diversos para despertar el interés de sus alumnos. Exigente pero no en forma demagógica; ya que  no los lleva a una sala a ver  una comedia musical, sino que los hace trabajar sobre el propio texto de Víctor Hugo. Demandante y siempre bondadoso: propone a todos y cada uno de ellos ejercicios que les permiten superarse y progresar, les exige  comprometerse con la tarea en torno a la literatura ya que les muestra que la misma no sólo se trata de un conjunto  de monumentos que visitamos, sino de obras que nos hablan a pesar de la distancia, y que también nos permiten hablar a través de ellas sin mostrar ni vulnerar nuestra intimidad.

Infinitamente modesto, lleno de emociones contenidas, François hace que sus alumnos aprendan a ser modestos. La modestia no es una virtud fácil, pero es una de las condiciones fundamentales para el descubrimiento de la “condición humana”, como decía Montaigne. También está asociada al humor, ya que nos permite decir muchas cosas mientras escapamos de la obsesión didáctica. Por último, la modestia es el corolario de la toma de conciencia de la fragilidad de los seres que y aunque nunca se gane definitivamente nada en este campo, a veces pueden retener el brazo antes de que se vaya a los golpes. Por consiguiente, es un trabajo educativo y social.  Y en el fondo,  es un proyecto democrático.

Porque, si bien François es modesto y carente en muchos aspectos, también es un hombre terriblemente ambicioso. Tiene la convicción, ligada a su forma de ser, de que el conocimiento es compartido y que nunca podremos decretar que alguien sea excluido del mismo.

Es precisamente su amor a la cultura la que la hace contagiosa, lejos de la privatización de la misma  para los herederos que se cierran y se comprometen con demasiada frecuencia “entre ellos”. Su compromiso y su itinerario en este colegio llamado “difícil” son, al mismo tiempo, un proceso intelectual y político, en el mejor sentido de la palabra. Descubre así que, lejos de los clichés de los “jóvenes”, sus alumnos, como cada uno de nosotros, necesitan esta confianza sin la cual nada es posible: “Para que la gente merezca nuestra confianza, decía Marcel Pagnol, debemos empezar por dársela”.

El descubre el misterio de la reciprocidad y la necesidad de enseñar “con todo el ser”, a riesgo de quemarse incluso las alas.  Porque enseña a sus alumnos tal como son -sin resignarse, sin embargo, a lo que son- pero lo hace desde el lugar desde dónde están, embarcándose en una aventura personal que nunca -como todo maestro- es totalmente indiferente a su actividad pedagógica.   Por otra parte  Francois no es un santo. Es engañoso y miente. A menudo confunde y subestima a sus compañeros.

La tarea de educar no es sólo de un profesor. Sólo es la diversidad de los adultos, su aptitud para actuar en sus niveles personales, y la de tener sus propios registros,  esla que puede  responder a la complejidad de las situaciones educativas.

Y así, al final del viaje,  la trama devela en un clima de complicidad inocente entre los jóvenes y un adulto, cuando a través de  relación empática , se rompen por un momento todas las barreras, y se despliega, en una salida extraordinaria y deslumbrante, dónde se sale de la rutina cómún, y de las vestiduras siempre demasiado angostas, en las que las funciones que desempeñamos se encierran en sí mismas…. la vida, por otra parte, continúa, con su cuota de injusticias y situaciones desequilibradas

François no salvó al mundo. No salvó su clase. Tal vez ni siquiera salvó a Seydou. Acaba de dar una visión de lo posible donde, con demasiada frecuencia, nos quejamos de lo imposible. No es gran cosa. Pero está lejos de ser nada, cuando piensas en ello.

 

 

 

 

 

 

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